Por Román Ceano
Como se recordará, Bertrand había encargado nada menos que cuarenta réplicas de Enigma a una empresa con la que solía trabajar el Deuxieme Bureau. Cuando se había desmantelado Bruno, estos equipos aún no habían sido entregados. Bertrand decidió averiguar si era posible hacerse con ellos aunque no estuvieran terminados.
La empresa estaba situada en París y por tanto dentro de la zona ocupada por los alemanes. Bertrand obtuvo de Rivet una docena de identidades falsas y varios “pases naranjas” –el Ausweis, que permitía cruzar la temida Línea de Demarcación que marcaba el límite de la zona ocupada.
Para completar su disfraz, contactó con un fabricante de perfumes de Grasse que le proporcionó material comercial, papel de carta y muestras de productos. Así pertrechado, se dirigió a París, aparentemente a promocionar los productos de su empresa con motivo de la cercana Navidad de 1940.
El París que encontró Bertrand era muy diferente del que conocía. Las banderas nazis habían sustituido a la tricolor en muchos mástiles y los oficiales alemanes paseaban por lo boulevares, sentándose en los cafés y saludándose unos a otros con el saludo romano. Pero esas impúdicas exhibiciones, por ofensivas que fueran, eran tan sólo un síntoma benigno de los terrores que subyacían a la ocupación.
La vida de los parisinos era ahora una pesadilla de sobresaltos, miedos y desolación. En cualquier momento, un control sorpresa de la Gestapo o una redada nocturna podían terminar con la víctima interrogada en un calabozo o trasladada al Velódromo de Invierno, la sala de espera para la deportación