Por Román Ceano
SECRETOS, MENTIRAS Y VIAJES PELIGROSOS
"Como paseante en el sendero que lleva de la vida a la muerte,
he conocido los relatos que hablan de las dos,
pero no he encontrado en ellos verdad alguna."
-- Alfred Dillwyn Knox
Sin que los alemanes lo supieran, en Noviembre de 1942 tuvieron a tiro a uno de los individuos que más había contribuido a dañar sus posibilidades de victoria en el Atlántico. Alan Turing había sido enviado por Travis a EEUU a explicar sus secretos, como muestra final de la buena voluntad británica de colaborar plenamente. Cruzó el océano a bordo del Queen Elizabeth, en el que resultaría ser uno de los peores meses en cuanto a hundimientos.

En una triste metáfora más de la guerra, el otrora lujoso paquebote había sido despojado de toda comodidad y convertido en un inconfortable transporte de tropas. Ahora rompía las olas pintado de gris neutro, con una apariencia sucia, triste y descuidada. El único rastro visible de su antiguo esplendor era una velocidad desconcertante. Era el barco más rápido de cuantos navegaban por el Atlántico, más rápido incluso que un submarino en superficie. Su capacidad de maniobra marchando a toda velocidad le permitía esquivar torpedos, siempre que no le dispararan muchos a la vez.
Surcaba el mar en solitario y a toda máquina, siguiendo un rumbo de rápidos zigzags aleatorios. Para los submarinos alemanes, el Queen Elizabeth era una presa muy codiciada porque sabían que el nombre del que lo hundiera estaría en las portadas de todos los periódicos del mundo. Algunos vigías lo habían avistado desde la torreta, pero antes que el comandante pudiera hacer algo ya había desaparecido entre las olas. Los marineros de ambos bandos empezaron a llamarlo el “fantasma gris” y muchos lo veían incluso cuando era imposible que estuviera allí...